Los huevos, las Pascuas y el cliente
Luciano Aba
Los huevos, las Pascuas y el cliente
Más allá de cualquier análisis que pueda realizarse sobre el modo en que son gestionados o la viabilidad económica que les depara el futuro inmediato, los almacenes de barrio siguen siendo un ámbito más que interesante para analizar diversos vínculos que desarrollan las personas en el proceso de compra y venta.
Con el paso de los años, quienes llevan adelante estos emprendimientos han logrado establecer una relación de confianza no sólo con sus vecinos, sino también con los hijos de ellos y, en algunos casos, hasta con sus nietos. Ardua tarea que, si bien no llega a mezclarse definitivamente con el concepto de amistad, los posiciona como una suerte de referentes en su ámbito de influencia.
En este caso, y a lo largo de las próximas líneas, reflejaremos tan sólo una de las tantas situaciones que -si uno presta atención mientras hace la fila para pagar, por ejemplo- pueden servir para graficar mucho de aquello en lo cual nos focalizamos en esta revista periódicamente.
En definitiva, y como muchos sabemos, la semana previa a las Pascuas genera un movimiento singular en torno a un verdadero producto masivo estacional: los huevos de chocolate.
Ahora bien, ustedes se preguntarán ¿qué tiene que ver esto con el marketing, las ventas o la comunicación? Y la respuesta es: mucho. Claro, es que ante esa demanda que se genera de manera intrínseca entre las personas, los almacenes invierten en la adquisición de estas golosinas / tradiciones y aguardan para concretar la tan ansiada venta.
«¿A cuánto tenés la gallinita esa que viene con tres huevitos, Jorge?», interpeló un cliente el Jueves Santo a quien atiende la caja del comercio, para luego escuchar la respuesta más increíble que a ustedes se les pueda ocurrir.
«A $120, José. Una locura, pero es más o menos lo que me salieron. Igual, si no los vendo para el domingo, les bajo el precio»….
Como ustedes imaginarán el producto no se vendió en ese momento y sería difícil saber a qué precio se terminó comercializando. Lo que sí es seguro es que tanto José, como todos los que presenciaron y escucharon la conversación, sintieron una extraña sensación de sorpresa y decepción.
¿Cambiará esta situación el futuro económico del almacén? Seguramente que no, pero la mayor pérdida es difícil de cuantificar aunque fácil de medir: se puede tardar años en construir una relación de confianza que nos posicione frente a nuestros clientes pero sólo un minuto y un pésimo comentario para darla por terminada…


