Orden y progreso
Una de las principales características de las nuevas generaciones que se suman al «mercado» laboral es que tienen absolutamente claro un concepto: no viven para trabajar, trabajan para poder hacer otra cosa.
Luciano Aba
Con el tiempo y el proceso de mimetización que tamaña visión propone, la premisa se fue haciendo válida no sólo para los más jóvenes, sino también para quienes empezamos a soñar con un vínculo más estrecho con el ocio.
Pero claro. No todo es tan sencillo.
Esta valorable mirada respecto del quehacer de cada uno se contrapone con dos variables ineludibles: la mayor cantidad de tareas que recaen sobre nuestras espaldas todos los días y el menor tiempo disponible para concretarlas de manera eficiente.
En definitiva, quienes pretendan alcanzar el paraíso emocional dedicándole el tiempo «justo» al trabajo y rindiendo todo lo potencialmente posible, tendrán que organizarse.
No queda otra.
Basta de distracciones
Si bien no se trata de conceptos nuevos, ni mucho menos inéditos a nivel global, la tecnología nos ofrece hoy una serie de herramientas por medio de las cuales medir, inclusive, nuestra productividad.
Basta con descargar aplicaciones de este estilo en el celular para ponernos a merced de «cronómetros» que estipulan periodos (20 o 25 minutos) en los cuales no deberíamos hacer más nada que terminar la tarea que nos hayamos propuesto. Luego, la tecnología “entiende” que podemos no hacer nada por un tiempo y así, sucesivamente. El objetivo es focalizarnos y dejar de hacerlo, pero no a cada rato, sino de manera que resolvamos nuestro objetivo.
No hay dudas que las distracciones juegan hoy un rol preponderante en la reducción de nuestro potencial laboral.
Pero volvamos a nuestra premisa inicial: ¿nos vamos a pasar el día trabajando?
Primero lo primero
Más allá de esto y a nivel general, el verdadero desafío radica en el «hacer orden». ¿Qué quiere decir esto? Inclusive autores internacionales preocupados por la materia han explicado una y otra vez la importancia de reducir la cantidad de temas (cosas) que disponemos en nuestra cabeza, a fin de ir poniendo en marcha aquellos que realmente nos generan placer, al tiempo de sacarnos de encima a los «otros»; aquellos sobre los cuales sí o sí tenemos que avanzar, a pesar nuestro.
Vayamos a un ejemplo solamente: ¿Para qué tenemos 25 mails sin responder en la bandeja de entrada de nuestros correos? ¿Esperamos que ellos solos se vayan respondiendo?
Establecer como normal este accionar, no hace más que mantener ocupada nuestra mente en temas que ya podríamos haber resuelto.
O al menos «le podríamos haber pasado la pelota al otro», para decirlo de algún modo.
Es decir, en lugar de avanzar con un tema concreto, solemos perder entre 30 y 40 minutos por mañana para repasar aquello que no hicimos, ni -probablemente- hagamos ese día.
Pero avancemos: ¿Qué es peor? ¿Tener agendado llamar a cuatro personas con las cuales no tenemos ganas de hablar o llamarlas y terminar con el «martirio» del «deber hacer»?
Sin dudas que valdría la pena medir qué tanto de lo que hacemos suma a lo que tenemos verdaderamente que hacer, pero claro; del dicho al hecho….
Es por esto que en estas líneas proponemos orden y progreso.
Será clave hacer una exhaustiva limpieza en cuanto a las tareas que tengamos atrasadas, dejando bien en claro cuáles son las que debemos ir poniendo en marcha de manera urgente (porque necesitamos una respuesta para seguir avanzando) y cuáles podemos sacarnos de encima de forma rápida y sencilla.
Eso sí, será clave también «guardarnos» algo que consideremos divertido o que nos dé cierto placer resolver todos los días. Esto nos estimulará a avanzar entre tarea y tarea.
En definitiva, el desafío concreto pasa por ordenar mentalmente nuestro trabajo, las acciones y prioridades, pensando en algo que nos genere bienestar y permita progresar en esta tan tentadora, pero difícil de concretar, alternativa: trabajar para -después- vivir…


