Veterinarias felinas: el desafío ya no es solo médico


En la actualidad, la principal barrera para que más gatos visiten a un profesional no está solo en la medicina, sino en cómo las clínicas se organizan, comunican y diseñan la experiencia para sus clientes.
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Editor de Mi Negocio Veterinario
luciano@minegocioveterinario.com
Hoy en día, la barrera a romper para que más gatos visiten a un profesional ya no está únicamente en la medicina. Pero tampoco podemos negar una realidad concreta y cotidiana: el estrés que viven los felinos —y sus tutores— al momento del traslado hacia la consulta sigue siendo un tema que directamente impacta en la baja tasa de visitas a las veterinarias.
Colocar al gato en el transportador, sacarlo de su entorno, llevarlo a un espacio desconocido y atravesar una experiencia que, en muchos casos, fue negativa en el pasado, sigue siendo una barrera real. Negarlo sería desconocer lo que sucede. ¿Y entonces? La diferencia es que hoy ese problema ya no puede analizarse solo desde el comportamiento del paciente, sino desde cómo las clínicas se organizan, comunican y diseñan la experiencia completa.
En los últimos años, las veterinarias exclusivamente orientadas a la atención de felinos han dejado de ser una rareza para convertirse en una tendencia en distintos países de la región. En Argentina, incluso comienzan a mostrar señales de consolidación en base a fuertes inversiones: equipos formados, propuestas claras y un posicionamiento definido frente a los tutores de gatos. Sin embargo, reducir la conversación sobre el crecimiento del segmento veterinario felino únicamente a este tipo de establecimientos sería un error.
Por eso, este artículo está pensado también para las veterinarias mixtas, aquellas que atienden perros y gatos y que representan hoy la enorme mayoría del ecosistema. Clínicas que ya cuentan con una base de clientes consolidada, con vínculos de confianza construidos a lo largo del tiempo y con un activo muchas veces subestimado: sus propios datos.
Porque, en la práctica, muchas de estas veterinarias ya atienden gatos. Lo que no siempre hacen es identificarlos claramente, segmentarlos como corresponde y diseñar propuestas específicas para esos tutores que conviven con más de una mascota (también una tendencia que crece).
En ese universo aparecen los que consideramos los “nuevos” clientes felinos de la veterinaria: personas que ya llevan a su perro a la consulta, que confían en el equipo profesional, que valoran la medicina preventiva… pero que, por distintos motivos, aún no incorporaron al gato a esa rutina.
Desde este punto de vista, el crecimiento del segmento felino no depende tanto de salir a buscar clientes nuevos, sino de mirar mejor hacia adentro. De revisar la base de datos, identificar hogares con perros y gatos, comprender sus hábitos de visita y ofrecer servicios pensados para ambas mascotas. La segmentación deja de ser una herramienta de marketing para convertirse en una decisión estratégica de gestión.
A partir de esta mirada, el desafío felino se resignifica. El estrés existe y seguirá existiendo, pero puede gestionarse mejor cuando hay procesos claros, comunicación adecuada y una propuesta pensada para el gato y su tutor. Y es desde esa perspectiva —más realista, más empática y profundamente ligada a la gestión— que surgen aprendizajes en torno a las veterinarias felinas y mixtas, como se evidenció en distintos espacios de análisis y debate regionales del sector durante 2025, entre ellos por ejemplo Cat In Colombia, del cual pude participar en la ciudad de Pereira.
Hay que construir el hábito de ir a la consulta veterinaria.
Las barreras existen… y no son médicas
Una encuesta realizada a veterinarios especializados en gatos permitió confirmar algo que muchos intuíamos: las principales barreras para asistir a la consulta no están vinculadas al diagnóstico, ni al tratamiento, sino a la experiencia previa y anticipada (además del poder adquisitivo de las personas, obviamente).
El estrés asociado al traslado, la dificultad para colocar al gato en el transportador, la ansiedad del tutor, la espera compartida con perros, el manejo durante la consulta y los recuerdos de experiencias negativas aparecen de manera recurrente. A esto se suma una percepción muy extendida: “si mi gato está bien, ¿para qué llevarlo a la veterinaria?”.
Este punto es clave. Cuando el tutor no percibe una propuesta preventiva clara, cuando la visita se asocia únicamente al problema o a la urgencia, la consulta deja de ser un hábito y se convierte en un evento excepcional. Y ningún negocio (ni ninguna estrategia de salud) puede sostenerse sobre la excepcionalidad.
Cat Friendly como decisión de gestión
Uno de los grandes aprendizajes que dejó 2025 es que ser Cat Friendly va mucho más allá de adaptar un espacio físico o lograr un certificado.
Feromonas, cartelería, colores amigables o mobiliario específico son importantes, pero no suficientes.
Las veterinarias que logran aumentar la frecuencia de visita felina son aquellas que entienden que el enfoque Cat Friendly impacta directamente en la gestión del negocio: en la agenda, en la duración de las consultas, en la organización de los turnos, en los precios, en la comunicación y, sobre todo, en el equipo.
En las clínicas mixtas este desafío es aún mayor. Durante años, la lógica canina organizó los tiempos, los flujos y las prioridades. Cuando los gatos empiezan a ocupar un lugar más relevante, aparecen tensiones internas: resistencia al cambio, inseguridad profesional, sensación de sobrecarga o la creencia de que “los gatos se adaptan”. La experiencia demuestra exactamente lo contrario: son las veterinarias las que deben adaptarse si quieren que los gatos vuelvan.
El equipo como eje de la experiencia
Otro aprendizaje central tiene que ver con las personas. No hay experiencia Cat Friendly posible sin un equipo alineado. Y cuando hablamos de equipo no nos referimos únicamente al veterinario o veterinaria que atiende en el consultorio.
El mostrador, por ejemplo, es un espacio estratégico muchas veces subestimado. Allí se agenda, se informa, se contiene, se explica y se recuerda. Es el primer y último punto de contacto con el tutor. Si ese rol no está capacitado para identificar tutores ansiosos, explicar protocolos felinos, organizar turnos diferenciados o comunicar servicios preventivos, la experiencia comienza mal y termina peor.
La evidencia es clara: una mala experiencia vivida por un tutor de gato es un desencadenante directo para no volver. Por eso, invertir en capacitación en manejo de bajo estrés, comunicación empática y organización interna no es un gasto accesorio, sino una decisión estratégica.
Son las veterinarias las que deben adaptarse si quieren que los gatos vuelvan.
Lo que no se nombra, no se vende (ni se agenda)
Muchas veterinarias realizan acciones preventivas felinas todos los días. Controles, recomendaciones, seguimientos, asesoramiento nutricional o ambiental. El problema es que no siempre se nombran, no se estructuran y no se cobran.
Durante 2025 quedó en evidencia una gran cantidad de “servicios silenciosos”: prácticas que se hacen pero no se comunican como tales. Cuando un servicio no tiene nombre, no tiene valor percibido y, por ende, no forma parte de la decisión del tutor.
Paquetizar propuestas, diseñar planes de salud felinos por etapa de vida, estructurar programas anuales y comunicar con claridad qué incluye cada consulta son acciones simples que generan un impacto directo en la frecuencia de visita y en la rentabilidad. La prevención, bien comunicada, es un buen negocio para el paciente, para el tutor y para la veterinaria.
La experiencia empieza antes de cruzar la puerta
Uno de los conceptos más repetidos en los espacios de Cat Business dentro de Cat in Colombia 2025 fue contundente: si el gato llega mal a la consulta, la experiencia ya fracasó antes de empezar.
Por eso, las veterinarias que están logrando mejores resultados trabajan la experiencia desde mucho antes del turno presencial. Preconsultas online, videos educativos sobre transporte, guías simples para acostumbrar al gato al transportador, jornadas de atención a domicilio, servicios de traslado o alianzas con transporte pet-friendly aparecen como soluciones concretas, realistas y cada vez más valoradas.
Lejos de “complicar” la operatoria, estas estrategias reducen cancelaciones, mejoran la predisposición del tutor y optimizan el tiempo del equipo. Además, refuerzan un mensaje clave: la veterinaria entiende la realidad del gato y del tutor, y actúa en consecuencia.
Se trata de decidir
No todas las veterinarias pueden —ni necesitan— certificarse como Cat Friendly en el corto plazo. Pero todas, sin excepción, deben revisar sus procesos, su comunicación y su propuesta de valor felina.
Empezar por tres decisiones básicas puede marcar la diferencia:
Repensar la agenda: tiempos, horarios y circuitos felinos.
Alinear al equipo: roles claros, capacitación y comunicación interna.
Clarificar la propuesta: servicios nombrados, preventivos visibles y mensajes coherentes.
El desafío ya no es que los gatos vengan. El verdadero desafío es que ellos, y sus tutores, quieran volver.







