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Luciano Aba
Editor de Mi Negocio Veterinario
luciano@minegocioveterinario.com

Decidir sí, ¿pero a qué costo?

Después de casi 20 años en este sector y compartir momentos memorables con cientos de profesionales, algo me quedó bien claro: trabajar en una veterinaria implica tomar decisiones todo el tiempo. Algunas son visibles y estructurales: invertir en equipamiento, incorporar un nuevo servicio, sumar una persona al equipo o redefinir los precios. Pero la mayoría de las decisiones que atraviesan la jornada no tienen ese peso evidente.

Son mucho más pequeñas. Y mucho más frecuentes.

A lo largo de un día, un veterinario puede tomar decenas de microdecisiones: reorganizar la agenda frente a un imprevisto, priorizar un caso sobre otro, explicar con mayor o menor profundidad una recomendación médica, aceptar un turno fuera de horario o postergar una conversación necesaria con un cliente o con alguien del equipo.

Cada una de esas decisiones parece menor en el momento en que ocurre. Sin embargo, cuando se acumulan, empiezan a definir algo mucho más profundo: la forma en que funciona la veterinaria.

En ese punto aparece una tensión silenciosa que atraviesa a cualquier persona que lidera un negocio: cómo mediar entre lo urgente y lo importante. Entre lo operativo que exige respuestas inmediatas y lo estratégico que define hacia dónde se quiere ir.

Cada decisión, por pequeña que parezca, tiene un costo… y una dirección.

La presión del día a día es real. Los turnos se suceden, los clientes esperan, los equipos necesitan respuestas y el contexto económico muchas veces obliga a tomar decisiones difíciles. En ese escenario, decidir rápido se vuelve casi inevitable.

Pero el liderazgo no se mide por la cantidad de decisiones que se toman, sino por la calidad de esas decisiones en función de un objetivo más amplio.

Porque liderar una veterinaria implica algo más que resolver lo que aparece en la agenda del día. Implica sostener una mirada capaz de conectar el presente con el futuro del negocio.

A veces eso significa aceptar decisiones incómodas: ordenar procesos, redefinir prioridades o sostener ciertos criterios incluso cuando lo más fácil sería resolver rápido y seguir adelante.

No se trata de decir qué decisiones están bien o mal. La realidad del trabajo veterinario es compleja, dinámica y muchas veces exigente. Pero sí vale la pena recordar que cada decisión, por pequeña que parezca, tiene un costo… y también una dirección.

Porque al final, las veterinarias no se construyen solamente con grandes definiciones estratégicas tomadas cada tanto. Se construyen, sobre todo, con la suma de pequeñas decisiones que, día tras día, terminan marcando el rumbo.

Y justamente ahí aparece el verdadero desafío del liderazgo: no perder de vista hacia dónde queremos ir, incluso en medio de todas las decisiones que exige el presente.

Te contamos por qué el mostrador es un lugar clave en las clínicas y hospitales veterinarios. Informar, agendar, vender y recordar, son solo cuatro de las acciones estratégicas que allí se deben desarrollar.

Luciano Aba
Editor de Mi Negocio Veterinario
luciano@minegocioveterinario.com

Donde todo comienza, se concreta y renueva

En muchas veterinarias, el mostrador sigue siendo visto como un espacio operativo. Un lugar donde se atienden consultas, se cobran servicios y, con suerte, se asignan turnos. Sin embargo, esa mirada —en muchos casos peligrosa— esconde una realidad mucho más profunda: el mostrador es, probablemente, uno de los puntos más sensibles y estratégicos de todo el negocio veterinario.

Porque no se trata solo de atender. Se trata de coordinar, interpretar, anticipar y, sobre todo, construir experiencias. Cada interacción que ocurre en ese espacio tiene impacto directo en la percepción del cliente, en la organización interna de la clínica y, también, en los resultados económicos del negocio.

El mostrador es el punto donde convergen la operación, la experiencia del cliente y el negocio.

El primer gran secreto del mostrador es entender su verdadero alcance: tiene el poder de informar, agendar, vender y recordar. Cuatro acciones que, bien ejecutadas, pueden transformar por completo la dinámica de una veterinaria. Pero que, mal gestionadas, generan pérdidas silenciosas todos los días.

Y ahí aparece uno de los errores más frecuentes: no darle la trascendencia que este rol merece. En demasiados casos, el mostrador termina siendo ocupado por personas sin formación específica, elegidas más por cercanía que por criterio profesional. Familiares, conocidos o perfiles administrativos básicos que, sin las herramientas adecuadas, enfrentan una tarea que exige mucho más que buena voluntad.

Que quede claro: el problema no es la persona. El problema es la definición del rol.

Hoy, el mostrador necesita evolucionar hacia un perfil mucho más completo: una coordinación operativa, orientada al cliente, con habilidades de comunicación, organización y una mirada integral del negocio. Alguien que entienda que cada consulta es una oportunidad, que cada turno es parte de un sistema y que cada interacción construye —o destruye— valor.

Porque mientras esto no se comprenda, las clínicas veterinarias seguirán perdiendo dinero, consultas y visitas sin siquiera notarlo. Turnos mal asigna dos, clientes que no vuelven, servicios que no se ofrecen, recordatorios que no se hacen. Todo eso ocurre, muchas veces, en el mostrador.

CHECKLIST: ¿TU MOSTRADOR ESTÁ FUNCIONANDO COMO DEBERÍA?

El mostrador puede ser una gran oportunidad… o una fuga silenciosa de ingresos. Para saber en qué situación estás, vale la pena hacerse algunas preguntas simples, pero clave:

– ¿La persona que atiende entiende el negocio o solo ejecuta tareas?
– ¿Se registran y ordenan correctamen te los turnos, o se “acomodan” sobre la marcha?
– ¿Se recuerdan vacunas, controles y tratamientos pendientes?
– ¿Se ofrecen productos y servicios en función de las necesidades del paciente y su tutor?
– ¿Se detectan oportunidades reales o solo se responde a lo que el cliente pide?
– ¿Se gestionan bien los tiempos de es-pera y las urgencias?
– ¿La comunicación es clara, empática y profesional en todo momento?

Si varias de estas respuestas generan dudas, hay una señal clara: el mostrador necesita orden, foco y capacitación.Porque mejorar este espacio no requiere grandes inversiones, sino decisiones concretas. Definir el rol, establecer procesos simples y acompañar al equipo puede
transformar rápidamente la experiencia del cliente… y los resultados del negocio.
El mostrador no mejora solo. Mejora cuando se lo gestiona.

Quienes ocupan este
rol tienen el poderde informar, agendar,
vender y recordar.

Ahora bien, no todas las estructuras requieren exactamente el mismo perfil. En una clínica veterinaria pequeña, el rol suele estar más vinculado al trato directo con los clientes, la generación de turnos y la capacidad de detectar oportunidades de venta en productos y servicios. Es un perfil cercano, resolutivo y con fuerte orientación al vínculo. Alguien que no solo atiende, sino que acompaña, sugiere y recuerda.

En estructuras más grandes, como hospitales veterinarios, el foco cambia. Quienes ocupan este rol tienen el poder de informar, agendar, vender y recordar.

La complejidad operativa exige una figura más orientada a la gestión del día a día: coordinación de agendas, manejo de urgencias, organización de flujos de trabajo, seguimiento de cobranzas y articulación con el equipo profesional. Aquí, el mostrador deja de ser solo un punto de contacto para convertirse en un verdadero centro de control.

En servicios de urgencias, en cambio, la habilidad crítica es otra: la empatía.

En contextos donde la tensión es alta y las emociones están a flor de piel, la capacidad de comunicar con claridad, contener y ordenar la situación es
tan importante como cualquier conocimiento técnico.

En estos casos, el mostrador es el primer sostén emocional del cliente.

Más allá de las diferencias, hay algo que se mantiene constante: la necesidad de integrar habilidades que tradicionalmente no se asociaban a este rol. Comunicación efectiva, manejo de agenda, criterio comercial, organización, uso de herramientas tecnológicas y, sobre todo, comprensión del impacto que tiene cada acción en el negocio.

Porque, aunque muchas veces no se diga explícitamente, informar también es vender. No desde una lógica agresiva o forzada, sino desde la capacidad de detectar necesidades que el cliente muchas veces no sabe que tiene.

Una correcta recomendación sobre desparasitación, un recordatorio de vacunación o una sugerencia nutricional pueden marcar la diferencia tanto en la salud del paciente como en los ingresos de la clínica.

El mostrador, en este sentido, no solo ejecuta, también interpreta. Y esa interpretación, cuando está bien entrenada,
se traduce en mejores decisiones.

Por eso, profesionalizar este rol deja de ser una opción para convertirse en una necesidad. Capacitar, definir funciones, establecer cr

iterios y acompañar el desarrollo de quienes están al frente del mostrador es, en definitiva, invertir en uno de los activos más importantes de la veterinaria.

Porque el cliente no distingue entre áreas. Para el cliente, la experiencia es una sola. Y muchas veces, empieza —y termina— en ese espacio.

Entender esto implica cambiar la mirada. Dejar de pensar en el mostrador como un lugar físico y empezar a verlo como una función estratégica. Como el punto donde convergen la operación, la experiencia y el negocio.  Porque, en definitiva, no es sólo un lugar de paso, es una decisión estratégica.

3 CLAVES PARA PROFESIONALIZAR EL ROL

Profesionalizar el rol de quien está al frente del mostrador no es una opción, es una decisión estratégica. Y, para lograrlo, hay tres pilares que no pueden faltar.
El primero es el conocimiento. Quie atiende debe conocer aspectos centrales de los productos y servicios que ofrece la veterinaria: desde planes sanitarios hasta alimentos, promociones y protocolos básicos. Sin ese dominio, no hay posibilidad de informar bien… ni de detectar oportunidades.
El segundo son las habilidades blandas. Comunicación clara, empatía, capacidad de escucha y manejo de situaciones difíciles no son “extras”, son parte central del rol. El mostrador es, muchas veces, el primer contacto emocional con el cliente.
El tercer pilar es el orden y la planificación. ¿Cómo saber si esto está funcionando? Es simple: la agenda está clara, los turnos no se superponen, los recordatorios se realizan en tiempo y forma y el equipo sabe qué hacer en cada momento. Cuando hay un sistema, se nota. Cuando no, también.
Profesionalizar el mostrador no es sumar tareas, es darles sentido.

Pensar el crecimiento  desde la segmentación implica dejar de hablar de “los tutores de gatos” como un bloque único y empezar a identificar grupos concretos, con comportamientos, barreras y motivaciones similares.

De la redacción de Mi Negocio Veterinario
info@minegocioveterinario.com

¿En qué segmentos puede crecer el servicio veterinario felino?

 

El crecimiento del segmento felino no depende únicamente de atraer nuevos clientes a las clínicas, sino también de entender mejor a los que ya existen. Identificar perfiles concretos de tutores y diseñar propuestas específicas para cada uno es hoy una de las decisiones más estratégicas para las veterinarias que buscan aumentar la frecuencia de visita y mejorar su rentabilidad.

Durante mucho tiempo, el desarrollo de la medicina felina estuvo asociado a una idea bastante directa: atraer más gatos a la consulta. Sin embargo, la experiencia de los últimos años empieza a mostrar que el verdadero desafío no está únicamente en generar nuevos clientes, sino en comprender mejor los distintos tipos de tutores que ya forman parte —o podrían formar parte— de la veterinaria.

Porque no todos los gatos que no llegan a la consulta responden al mismo problema. Y, en consecuencia, no todos requieren la misma estrategia.

Pensar el crecimiento felino desde la segmentación implica dejar de hablar de “los tutores de gatos” como un bloque único y empezar a identificar grupos concretos, con comportamientos, barreras y motivaciones similares.

Los que aún no vienen: el mayor potencial

El primer segmento es, probablemente, el más evidente y también el más desafiante: aquellos tutores cuyos gatos nun-ca han visitado una veterinaria o lo hacen con muy baja frecuencia.

En este grupo, la principal barrera no es médica. Es conceptual. Muchos de es-tos tutores no perciben la necesidad de la consulta preventiva. La visita está asociada al problema, a la urgencia o a situaciones puntuales. Mientras el gato “esté bien”, no hay motivo para ir.

Aquí, la clave no está en ofrecer más servicios, sino en construir el hábito. Y eso se logra a través de una comunicación clara, simple y constante, que explique por qué la prevención es importante, qué incluye una consulta felina y cuándo debería realizarse.

El desafío no pasa solo por sumar nuevos clientes, sino también por aumentar la frecuencia de visita de los que ya van a la clínica veterinaria

Clientes actuales: la oportunidad silenciosa

El segundo segmento está compuesto por quienes ya llevan a sus gatos a la veterinaria, pero lo hacen de manera limitada.

Son tutores que consultan por va-cunas, controles básicos o situaciones puntuales, pero que no acceden a una propuesta más amplia de servicios. En muchos casos, no porque no estén dispuestos, sino porque no conocen todo lo que podrían hacer por su mascota.

Aquí aparece una de las oportunidades más concretas de crecimiento: ampliar la canasta de servicios.

Chequeos por etapa de vida, asesoría nutricional, controles periódicos o seguimiento de pacientes senior son prácticas que muchas veterinarias ya realizan, pero que no siempre están estructuradas, ni comunicadas como parte de una propuesta integral.

El desafío no es incorporar nuevos servicios, sino darles forma y visibilidad.

Tutores de perros con gatos: la oportunidad interna

Uno de los segmentos más interesantes —y muchas veces subestimado— es el de los clientes que ya concurren a la veterinaria con sus perros, pero no lo hacen con sus gatos.

En estos casos, la confianza ya está construida. El vínculo existe. La barrera no es la relación con la clínica, sino la incorporación del gato a la rutina de atención.

Este perfil representa una oportuni-dad concreta porque no requiere captar un cliente nuevo, sino trabajar sobre uno ya existente.

La clave está en identificar estos hogares, comprender sus hábitos y diseñar propuestas específicas que integren el cuidado de ambas mascotas.

La segmentación deja de ser una herramienta de marketing para convertirse en una decisión de gestión.

Los descreídos o con mala experiencia previa

El último segmento está compuesto por tutores que sí llevan a sus gatos a una veterinaria, pero no encuentran en ella una propuesta que responda a sus expectativas.

Pueden ser experiencias poco satisfactorias, falta de especialización o simplemente la búsqueda de un enfoque más alineado con el bienestar felino. En este caso, la oportunidad está en la diferenciación. Las clínicas que logran posicionarse con una propuesta clara —ya sea desde la medicina, la experiencia o la comunicación— tienen mayores probabilidades de captar este tipo de clientes. Pero para eso, es fundamental que la propuesta esté definida y sea percibida como tal.

Ya no todos necesitan lo mismo

Uno de los errores más frecuentes en la gestión en una veterinaria (y de cualquier empresa) es intentar aplicar la misma estrategia para todos y cada uno de los clientes.

La evidencia es clara: cada segmento requiere una forma distinta de comunicar, de ofrecer servicios y de construir valor.

No es lo mismo hablarle a un tutor que nunca llevó a su gato, que a uno que ya consulta regularmente. No es lo mismo ofrecer un chequeo preventivo a quien no percibe su importancia, que a quien ya confía en la veterinaria.

Personalizar la propuesta no implica complejizar la operación, sino principalmente ordenar la estrategia.

El desarrollo del segmento felino no depende únicamente de la medicina, ni de la infraestructura.

Depende, en gran medida, de la capacidad de las veterinarias para entender a sus clientes.

Identificar quiénes son, cómo se com- portan, qué necesitan y qué valoran permite diseñar propuestas más efectivas, mejorar la experiencia y aumentar la frecuencia de visita.

Porque, en definitiva, el crecimiento no está en hacer más de lo mismo. Está en hacer lo correcto para cada cliente.

Si el agotamiento se vuelve parte de la rutina, el día a día deja de ser sostenible. Será clave explorar algunas herramientas para reducir la
carga de este impacto y poder evitarlo.

Florencia Abadi Plaksin
Mi Negocio Veterinario
abadi.flor@minegocioveterinario.com

“Termino el día con la cabeza estallada”

Estoy completamente agotado. No doy más. Lo raro es que los días en los que tengo una cirugía o un caso complica- do me resultan menos desgastantes que los normales de consultorio. No pasó nada especial, pero llego a casa con la cabeza agotada. Y es terrible, porque acumulo ese cansancio y se me hace imposible sostener la semana”.

Desde Mi Negocio Veterinario elegimos este testimonio porque la situación que narra es mucho más frecuente de lo que imaginamos. La sensación que se describe es concreta: terminar el día con la cabeza saturada, y la angustia de que va a empeorar por acumulación.

En psicología cognitiva existe un concepto que ayuda a entender este tipo de situaciones: la carga cognitiva.

Que exista un término para describirlo ya es tranquilizador: no se trata de una dificultad personal, sino de una reacción esperable del cerebro cuando tiene que procesar más información de la que puede manejar.

¿Cómo funciona nuestro cerebro?

Lo más importante es entender que nuestro cerebro está diseñado para manejar una cierta cantidad de información al mismo tiempo.

El psicólogo John Sweller desarrolló la idea de carga cognitiva para describir algo bastante simple: cada tarea que realizamos ocupa una parte de ese espacio mental, y nuestro cerebro solo tiene capacidad para manejar cierta cantidad de información a la vez.

Cuando ese límite se supera, aparece la sobrecarga cognitiva.

En un consultorio veterinario esto puede suceder incluso cuando el trabajo clínico no es especialmente complejo.

Una consulta puede implicar escuchar al tutor, revisar al animal, pensar en un diagnóstico, recordar un antecedente del paciente, responder una pregunta del asistente, atender una interrupción de la recepción o registrar información en la historia clínica.

Ninguna de esas acciones es extraordinaria por sí sola, pero juntas exigen que el cerebro procese una gran cantidad de información al mismo tiempo.

Y cuando esa situación se repite durante toda la jornada, la sensación de terminar el día con la cabeza saturada deja de ser una excepción y pasa a formar parte de la rutina.

La fatiga por decisión

Probablemente registres que durante tu jornada laboral tenés que tomar muchas decisiones importantes que implican una gran responsabilidad.

Pero seguramente hay muchas microdecisiones que pasan desapercibidas y que profundizan tu cansancio.

Son decisiones pequeñas que aparecen todo el tiempo: si terminar de escribir la historia clínica ahora o después, si abrir el mail que entró mientras estabas en una consulta, si atender una interrupción breve o pedir que esperen, si responder un mensaje que acaba de llegar o dejarlo para más tarde.

Cada una parece menor por separado. Pero cuando se repiten decenas de veces a lo largo del día también ocupan espacio mental y van agotando la capacidad del cerebro para decidir con claridad.

De hecho, distintos estudios han mostrado que la calidad de nuestras decisiones cambia a lo largo del día. Un trabajo muy conocido que analizó decisiones de jueces encontró que a primera hora de la mañana concedían muchas más libertades condicionales que al final de la jornada.

Los casos eran similares, pero el cansancio acumulado hacía que con el paso de las horas tendieran a tomar decisiones más conservadoras.

Este fenómeno se conoce como fatiga por decisión y ayuda a entender por qué, incluso en días clínicamente normales, la sensación de cansancio mental puede acumularse hasta volverse difícil de sostener.

Espacio mental para lo que importa

Cuando un trabajo exige tomar decisiones importantes, es razonable que el cerebro tenga que esforzarse.

Lo que suele resultar mucho más desgastante es tener que decidir constantemente cuestiones pequeñas que podrían resolverse de antemano.

En muchos sistemas donde el error puede tener consecuencias graves, como la aviación o la medicina, se intenta justamente reducir ese tipo de decisiones improvisadas.

Para eso se utilizan herramientas simples pero efectivas como protocolos, checklists o procedimientos acordados previamente.

La lógica detrás de estas herramientas es bastante clara: cuando algunas decisiones ya están resueltas de antemano, el cerebro no tiene que gastar energía en decidirlas cada vez que aparecen.

Aplicar este principio no significa volver rígido el trabajo clínico, sino ordenar ciertos aspectos de la práctica diaria para que no todo dependa de resolverlo en el momento.

Herramientas para disminuir tu carga cognitiva

Una forma de reducir el cansancio mental es ordenar ciertos aspectos de la práctica diaria para que no todo tenga que decidirse en el momento. Hay varias herramientas simples que pueden ayudar.

1. Protocolos internos: Acordar previamente cómo se manejan ciertas situaciones frecuentes puede reducir muchas micro-decisiones diarias. Por ejemplo, definir criterios claros sobre cuándo se interrumpe una consulta, cómo se gestionan los mensajes o qué situaciones se consideran realmente urgentes.
2. Externalizar la información: Cuando todo depende de la memoria, el cerebro tiene que sostener demasiadas cosas al mismo tiempo. Listas visibles, checklists o registros simples permiten que parte de esa información deje de ocupar espacio mental.
3. Priorizar de forma explícita: Herramientas como la matriz de Eisenhower ayudan a diferenciar entre lo urgente y lo importante. Esto permite decidir con mayor claridad qué conviene hacer primero y qué puede esperar. Podés descargarla escaneando el QR.
4. Establecer criterios de excepción: Las reglas funcionan mejor cuando también está claro cuándo se pueden romper. Definir en qué situaciones una consulta sí puede interrumpirse o cuándo un men- saje requiere respuesta inmediata evita tener que volver a decidirlo cada vez.

Conclusión

La sensación de terminar el día con la cabeza saturada, en general, no se corresponde con la dificultad del trabajo clínico. La mayoría de las veces aparece cuando el cerebro tiene que sostener durante horas una gran cantidad de información, interrupciones y decisiones pequeñas que se acumulan sin que lo notemos.

Entender cómo funcionan la carga cognitiva y la fatiga por decisión permite mirar ese cansancio desde otro lugar: la forma en que se organiza el trabajo puede estar exigiendo más esfuerzo mental del necesario y sostenible.

Si querés compartir tu experiencia, escribime a abadi.flor@minegocioveterinario.com para que podamos reflexionar sobre ella y encontrar herramientas que mejoren tu bienestar profesional.

Informar, recordar y dar seguimiento son tres pilares estratégicos para lograr que el contenido en redes sociales sea de calidad… y convierta en nuevas consultas.

De la redacción de Mi Negocio Veterinario
info@minegocioveterinario.com

Instagram: ¿cómo darle sentido a lo que publicás?

Las veterinarias argentinas avanzaron fuerte en redes sociales. Mejor estética, mayor planificación y, en muchos casos, apoyo profesional. Pero el desafío ya no es estar: es lograr que cada publicación tenga un propósito claro.

En los últimos años es evidente el crecimiento de las clínicas veterinarias en Instagram. No solo mejoró la calidad visual de los perfiles, sino también la coherencia de las marcas y la planificación de contenidos. Cada vez más veterinarias trabajan con agencias o community managers que entienden el rubro y acompañan ese desarrollo.

Y los resultados empiezan a verse.

Muchos veterinarios coinciden en que hoy logran transformar publicaciones en consultas, mensajes y visitas a la clínica.

La premisa debe ser
educar, recordar y
generar demanda

Instagram dejó de ser solo una vidriera para convertirse en una herramienta concreta de generación de demanda.

Ahora bien, no todos obtienen los mismos resultados.

Quienes logran mejores conversiones suelen apoyarse en una lógica simple, pero muy efectiva: informar, recordar y dar seguimiento.

Informar: el primer paso

Las clínicas que mejor funcionan en redes no se limitan a mostrar imágenes. Explican. Informan sobre sus servicios, horarios, equipo de trabajo y también sobre situaciones concretas que pueden atravesar las mascotas: síntomas, enfermedades frecuentes, señales de alerta.

Este tipo de contenido cumple una función clave: posiciona a la veterinaria como una fuente confiable de información y ayuda a que el cliente identifique cuándo necesita consultar.

Recordar: una forma clara de sostener el vínculo

El segundo eje es el recordatorio.

Vacunas, desparasitaciones, controles periódicos. Información que el veterinario conoce de memoria, pero que muchas veces el cliente olvida.

Las redes sociales permiten instalar estos temas en el día a día del tutor, generando oportunidades concretas de consulta. No se trata solo de comunicar, sino de estar presente en el momento indicado.

Dar seguimiento: es clave mostrar impacto

El tercer componente, y uno de los más potentes, es el seguimiento de casos.

Mostrar la evolución de un paciente, el resultado de un tratamiento o incluso los riesgos de no actuar a tiempo genera un impacto directo en quien lo ve.

Este tipo de contenido no solo educa, sino que también construye confianza y refuerza el valor del servicio veterinario.

Cuando el contenido tiene sentido Informar, recordar y dar seguimiento no es una fórmula teórica. Es un esquema que ya está funcionando en muchas clínicas y que explica gran parte de los buenos resultados que algunos profesionales empiezan a ver en sus redes.

El desafío no pasa por publicar más, sino por publicar mejor. Con un objetivo claro detrás de cada contenido. Por- que cuando Instagram deja de ser solo presencia y empieza a ser estrategia, se transforma en una herramienta real para hacer crecer la veterinaria.

Aunque parezcan inofensivos, determinados fallos en la comunicación interna de las veterinarias, pueden provocar desde retrasos y confusiones hasta consecuencias graves y un impacto negativo en el cliente.

De la redacción de Mi Negocio Veterinario
info@minegocioveterinario.com

La comunicación entre los miembros del equipo veterinario es clave para la seguridad de los pacientes, la tranquilidad de la clínica y la satisfacción del cliente.

Esto quedó claro durante un taller realizado en México por Master Veterinary, dictado por la consultora Eliana Mogollón Vergara (COL) y Luciano Aba (ARG), editor de Mi Negocio Veterinario, ante 50 dueños de hospitales veterinarios. Allí se destacó que las fallas en la comunicación interna –el famoso “teléfono descompuesto”– no sólo generan ineficiencia, sino que ponen en riesgo la atención del paciente y erosionan la confianza del tutor.

Mantener a todos coordinados no solo evita dosis erróneas o confusiones; garantiza que el cliente confíe, valore el servicio y –lo más importante– vuelva.

De hecho, según distintas fuentes consultadas, muchos incidentes clínicos (prescripciones mal hechas, fármacos equivocados, dosis duplicadas, o preparación de paciente incorrecto) comparten un origen: un error de comunicación. Estos fallos, aunque a veces parecen inofensivos, pueden provocar desde retrasos y confusiones hasta consecuencias graves.

Por si fuera poco, incluso existen estudios que indican que la mala comunicación interna tiene un alto costo legal: se estima que alrededor del 30% de las demandas por negligencia involucran errores comunicativos dentro del equipo (o entre la clínica y otros centros de apoyo).

Más allá de los datos duros, lo que ve el cliente también empeora: un tutor atento percibe si el personal no coordina y recibe mensajes contradictorios, lo que reduce su percepción de valor.

La buena noticia es que existen reglas y herramientas sencillas y ya probadas para evitar estos malentendidos.

A continuación veremos cómo un equipo puede ordenarse con protocolos claros, ejemplos prácticos y consejos útiles para cada

tipo de clínica.

¿Qué se juega en la comunicación interna?

En cualquier equipo hay un flujo constante de información: diagnósticos, dosis, citas, órdenes de laboratorio, instrucciones al auxiliar, indicaciones al cliente.

Si ese flujo se rompe, los errores aparecen rápido, muy rápido.

Basta con un número equivocado en una dosis o un mensaje mal entendido para duplicar medicación o confundir al paciente. Por ejemplo, no oír el “cero” en “0,3 mg” puede llevar a dar 10 veces más dosis; esto no es una exageración, es un error que puede ocurrir.

Lo peor es que estos fallos internos pueden llegar al cliente. Un tutor puede ver que cada persona del equipo da una versión distinta sobre la misma indicación: “¿Debo darle la cita mañana o el jueves?”, “¿El medicamento era X o Y?”. Cada vez que el cliente percibe confusión o contradicción, pierde confianza.

Si un cliente siente que en la clínica no hay comunicación, pensará: “¿vale la pena pagar por este caos?” y corre el riesgo de no regresar.

La comunicación interna influye directamente en dos aspectos: la seguridad del paciente y la fidelidad del cliente. Un equipo que habla claro y coordinado evita incidentes clínicos y proyecta profesionalismo, haciendo que el tutor confíe y quiera volver a esa veterinaria.

Errores clásicos y ejemplos sencillos

Es útil ilustrar con ejemplos. Imaginemos unas situaciones comunes:

• Turnos solapados: En un hospital pequeño, el veterinario de noche da un alta verbal a un perro internado sin registrar nada. A la mañana siguiente, el nuevo equipo asume que el perro ya está en casa, pero el cliente espera en la sala. Resultado: papeles sin hacer, clientes molestos y una cita duplicada. ¿Una solución simple? Utilizar un formato (notas o parte escrito) al final de cada turno con la situación de cada paciente.
Así, el equipo entrante sabe quién salió, quién sigue internado y qué pendientes quedan.

• Instrucción contradictoria: El dueño de una perra anciana llama por teléfono y pide consultar sobre dos problemas (digestivo y articular). Llega a la clíni-
ca y cada veterinario le da indicaciones distintas. Esto crea desconfianza. Para evitarlo, una regla es designar un responsable único del caso o un protocolo común antes de hablar con el cliente, asegurando que todos los profesionales compartan la misma información.
Estos ejemplos simples muestran el típico “teléfono descompuesto” interno: un mensaje que cambia según quién lo oye, causando errores y malos tragos.

Protocolos fáciles para comunicar mejor

Afortunadamente, hay soluciones que vale la pena probar. Algunas clínicas ya adaptan prácticas de hospitales humanoscomo el método SBAR (Situación-Antecedentes-Evaluación-Recomendación). Es una estructura para ordenar la información al pasar casos entre colegas. Se comienza indicando “Situación” (¿qué paciente y qué problema principal?); luego los “Antecedentes” relevantes (diagnósticos previos, alergias, etc.); sigue la “Evaluación” actual (estado, signos claves); y termina con una “Recomendación” clara (qué se necesita hacer).

Cuando un cliente
percibe que el
personal no coordina
y recibe mensajes
contradictorios,
reduce su percepción
de valor.

• Ejemplo práctico: al avanzar con un paciente se podría decir “Situación: Paco, Yorsai de 3 años con fractura de pierna. Antecedentes: vacunaciones al día, sin alergias conocidas. Evaluación: hoy fue operado, estable, recibiendo analgésico cada 8 horas. Recomendación: monitorear dolor, dar analgésicos según protocolo y cita de control en 3 días.” Este guion evita conversaciones vagas y organiza la entrega de turno.

• Cerrar el círculo (comunicación en bucle): Cada vez que alguien recibe una orden o informacion importante, deberia repetirla en voz alta para confirmarla. Por ejemplo, un veterinario pide “8 ml de X cada 12 horas”; el asistente repite “¿8 milili- tros de X, cada doce horas, correcto?” y el doctor verifica. Así se detectan de inmediato errores. Este método, aunque parezca formal, ahorra tiempo (como en aviación) al asegurarse que el mensaje fue entendido exactamente.

• Reuniones breves de equipo: Al inicio y/o al final de cada día laboral se puede hacer una reunión de pie. En 5–10 minutos, el equipo repasa casos urgentes, plan de atención, turnos críticos y dudas puntuales. Así todos arrancan con la misma información fresca y alineados. Al final del día, un breve resumen de situación permite al turno saliente poner al siguiente al tanto de lo pendiente. Un mismo tablero o documento compartido puede ayudar a registrar lo conversado.

• Listas de chequeo simples: Tener un checklist de tareas clave evita olvidos. Por ejemplo, al finalizar el turno recordar siempre “revisar medicación de cada internado, confirmar citas del día siguiente, apuntar cuestiones especia-les (dietas, alergias, etc.)”. Hay clínicas que colocan una nota visible con estos puntos antes de cerrar. Estas herramientas no son complicadas ni exclusivas de grandes hospitales. Son sencillas, pero efectivas: permiten traducir las buenas intenciones en pasos concretos para que el “teléfono” interno deje de sonar descompuesto.

Recomendaciones según el tamaño del equipo

En el caso de las clínicas pequeñas (1–2 veterinarios) suelen comunicarse mucho cara a cara.

Aun así, conviene fijar un breve chequeo diario (una lista rápida de pacientes bajo cuidado) y un método para anotar órdenes importantes (una libreta de escritorio o un post-it digital en la computadora).

Una regla de oro: confirmar por escrito las indicaciones críticas.

Ya en el caso de las clínicas medianas (3–5 vets + personal) el volumen crece y debe crecer la formalidad. Se recomienda designar un líder de turno (quien recopila información importante), usar una hoja o app para registrar altas y planes de cada paciente, y hacer un resumen diario por escrito.

Aquí empiezan a usarse protocolos tipo SBAR para «entregas» de paciente y se aprovechan las reuniones de todo el equipo cada semana para alinear crite-
rios clínicos.

Si nos vamos a las clínicas grandes o especializadas, con numerosos especia- listas, guardias 24h y auxiliares rotativos, lo informal ya no alcanza.

Lo ideal es tener un sistema completo: formatos de traspaso formalizados (fichas o software), reuniones cortas diarias obligatorias, y software de gestión que notifique tareas. En estos lugares es común incluso capacitar al personal en herramientas de trabajo en equipo para que existan competencias homogéneas en comunicación.

En todos los casos, la clave es adaptar la disciplina comunicacional al tamaño del grupo. No es lo mismo coordinar 3 personas que 20. Pero cada paso hacia más orden mejora la calidad del servicio y la tranquilidad de todos.

6 REGLAS PRÁCTICAS PARA LOS LÍDERES

En materia de comunicación interna en las veterinarias hay un aspecto clave que no puede pasarse por alto: confirmar siempre las instrucciones. ¿Por qué? ¿Qué acciones pueden poner en práctica hoy mismo los dueños o directores médicos de las clínicas?

1.Cierre el círculo: al dar una indicación médica o administrativa importante, pida a la otra persona que la repita para verificarla.

2.Asignar responsables claros. Definan quién se encarga de cada cosa: quién llama al cliente con novedades, quién gestiona urgencias, quién hace inventario, etc. Evitemos ambigüedades.

3.Reuniones cortas y frecuentes. Hagan un encuentro diario rápido (de pie, sin distraerse) para repasar lo esencial.
Una táctica: cada reunión empieza con la misma pregunta (“¿qué hacemos con X?”) para mantener constancia.

4.Documentar lo hablado. Usen un pizarrón, agenda compartida o softwarepara registrar pacientes internados y pendientes. Anoten datos útiles tras cada evento (por ejemplo: “Sra. Gómez llegó tarde, los llamé a las 5 pm”). Esto deja huella de lo conversado.

5.Apostar por una comunicación sencilla y dirigida. Eviten dar vueltas: usen frases cortas con sujeto y verbo claros. Si dejan una tarea para un colega, indíquenle nombre del paciente y la acción precisa.

6.Fomentar la retroalimentación. Creen un ambiente donde todos pueden ex- presar dudas en cualquier momento. Si alguien no entiende algo, debe poder preguntar sin temores. Corregir errores entre compañeros fortalece al equipo.

Aplicar estas reglas hará que el equipo funcione de manera más fluida. Como complemento, está comprobado que implantar marcos comunicativos estructurados (informes en rondas medicas) reduce significativamente los incidentes clínicos prevenibles.

Luciano Aba
Editor de Mi Negocio Veterinario
luciano@minegocioveterinario.com

¿Está tu veterinaria preparada para la medicina preventiva?

Todo veterinario sabe que prevenir es mejor que curar. Sin embargo, persiste el desafío de trasladar ese concepto a servicios concretos que convivan con la habitual demanda de consultas clínicas y urgencias.

Hablar de medicina veterinaria preventiva no es referirse a una tendencia pasajera, ni a una herramienta más dentro de la práctica profesional. Es, en esencia, hablar de uno de los modelos más sólidos, sostenibles y rentables que puede construir una clínica en el tiempo. Cuando se aborda correctamente, no solo mejora la salud de los pacientes, sino que también ordena la dinámica del negocio y fortalece el vínculo con los clientes.
Cuando hablamos de medicina preventiva, nos referimos a un en- foque que busca anticiparse a la enfermedad a partir de la consulta periódica, la vacunación, la desparasitación, el seguimiento clínico y el buen diagnóstico.
Es un modelo que prioriza la continuidad del cuidado por sobre la intervención puntual (la urgencia), y que transforma cada contacto con el paciente en una oportunidad para proyectar el paso siguiente.

No se trata solo
de atender mejor,
sino de construir un
modelo capaz de
crecer en el tiempo.

El impacto en la gestión y la rentabilidad

Desde el punto de vista médico, el concepto es claro. Desde el punto de vista del negocio, más todavía.
La medicina preventiva permite aumentar frecuencia de visitas, construir previsibilidad en la agenda y sostener relaciones de largo plazo con los clientes y sus mascotas. Sin embargo, a pesar de sus beneficios, todavía son muchas las veterinarias que operan principalmente bajo una lógica reactiva, atendiendo cuando el problema aparece y dependiendo en gran medida de la demanda espontánea.
En ese sentido, uno de los grandes aportes de la medicina preventiva es su capacidad para estructurar la actividad de la clínica. Una veterinaria que logra apoyarse en este enfoque deja de depender exclusivamente de la urgencia o de la aparición de enfermedades para generar consultas, y comienza a construir sus propios motivos de contacto con los clientes.

La agenda como reflejo del modelo

Los chequeos periódicos, los planes sanitarios, los calendarios de vacuna- ción, los controles de crecimiento o el seguimiento de pacientes geriátricos pasan a formar parte de una lógica que organiza el día a día.
Pensar en una sala de espera con pacientes sanos que asisten a controles programados o en una agenda completa de turnos destinados a vacunaciones puede parecer, en algunos casos, una aspiración lejana.
Sin embargo, en determinados modelos de negocio, esto no solo es posible, sino que ya es una realidad.
La clave está en entender que no todas las veterinarias tienen las mismas condiciones para desarrollar este enfoque, y que la forma de implementar la medicina preventiva debe adaptarse a cada contexto.

Diferentes modelos, distintas oportunidades

Un centro de urgencias, por ejemplo, trabaja sobre la inmediatez y tiene como principal propuesta de valor la resolución de situaciones críticas.
En estos casos, la prevención no suele ser el motor directo de los ingresos, pero eso no significa que no tenga un rol relevante.
La oportunidad aparece en el seguimiento: cada paciente que ingresa por una urgencia puede convertirse en el punto de partida para establecer un vínculo más duradero.
En el caso de clínicas que combinan servicios veterinarios con la venta de productos, el escenario es diferente. Allí la recurrencia del cliente ya existe, y la medicina preventiva puede integrarse de manera mucho más natural, transformando cada visita en una oportunidad para recomen- dar y proyectar nuevas consultas.
Los hospitales veterinarios con servicios de cirugía o especialidades médicas presentan otro tipo de desafío. En estos modelos, donde la resolución de patologías complejas ocupa un lugar central, la prevención debe convivir con una alta carga clínica, encontrando su lugar en el seguimiento y en la continuidad del cuidado.

Entender el origen de los ingresos

En las veterinarias de estructura más tradicional, donde una parte importante de los ingresos proviene de la consulta y otra de la venta de productos, la medicina preventiva puede convertirse en el verdadero eje organizador del negocio.
Pero para que eso ocurra, es indispensable comprender primero de dónde provienen los ingresos.
No es lo mismo una clínica donde la mayor parte de la facturación está asocia- da a servicios médicos que otra donde la farmacia tiene un peso significativo.
Esa diferencia define la estrategia: en algunos casos la prevención conecta consulta y consumo; en otros, aumenta la frecuencia de contacto con el paciente.

De la teoría a la implementación

Sin este análisis previo, la medicina preventiva corre el riesgo de quedar en el plano teórico. Por eso, llevarla a la práctica implica tomar decisiones concretas: definir calendarios sanitarios claros por especie y edad, registrar y actualizar la información de cada paciente, generar recordatorios sistemáticos y aprovechar cada consulta como una instancia para proyectar la siguiente.
Más allá de las herramientas, lo que verdaderamente cambia es la lógica de trabajo. Dejar de esperar a que el cliente vuelva por iniciativa propia y comenzar a invitarlo activamente a continuar con el cuidado de su mascota implica un cambio cultural dentro de la veterinaria.

Un esquema que orden y potencia

Cuando este enfoque se incorpora de manera consistente, los resultados empiezan a verse no solo en la salud de los pacientes, sino también en el funcionamiento general del negocio. La agenda gana previsibilidad, el equipo trabaja con mayor claridad, los clientes perciben un servicio más profesional y los ingresos dejan de depender exclusivamente de la urgencia.
En definitiva, la medicina preventiva no reemplaza… complementa, ordena y potencia el servicio que ya se brinda. Y en un contexto donde sostener la rentabilidad es cada vez más desafiante, construir una base sólida de prevención puede marcar una diferencia determinante.

¿Todavía no saben si sus veterinarias dejan o no ganancias? No están solos. Este es un desafío que aún muchas veterinarias de nuestra región deben resolver.

De la redacción de Mi Negocio Veterinario
info@minegocioveterinario.com

Tres errores difíciles de evitar

En muchas veterinarias de América Latina se repiten tres problemas de gestión que afectan la sostenibilidad del negocio: no conocer con precisión la diferencia entre ingresos y egresos anuales, no medir la rentabilidad de cada servicio o unidad de negocio y no contemplar el total de los costos operativos. ¿Les pasa?
Administrar una veterinaria nunca fue una tarea sencilla. Pero en el contexto actual, hacerlo sin información clara puede convertirse en un riesgo para la continuidad del negocio.
En ese escenario, no es extraño encontrar veterinarias que trabajan con agendas completas, pero que aun así enfrentan incertidumbre económica o dificultades para sostener el crecimiento del negocio.
Existen tres errores de gestión frecuentes en veterinarias de toda la región. Son difíciles de evitar cuando el ritmo de trabajo es intenso, pero también son relativamente simples de corregir cuando se los identifica a tiempo.

1. No conocer con precisión la diferencia entre ingresos y egresos
Puede parecer sorprendente, pero en muchas veterinarias no existe una medición clara de cuánto dinero entra y cuánto sale a lo largo de un año. En la práctica, esto suele resolverse con percepciones: “parece que alcanza”, “las cuentas se van pagando” o “todavía queda algo a fin de mes”. Pero administrar un negocio basándose sólo en sensaciones puede llevar a interpretaciones equivocadas.
Conocer con precisión los ingresos y egresos es el primer paso para entender su salud económica. No se trata de mirar la caja diaria o el saldo del banco, sino de analizar el comportamiento del negocio a lo largo del tiempo.
Cuando esta información no está clara, se vuelve difícil responder preguntas clave: si la veterinaria realmente está creciendo, si está generando rentabilidad o si simplemente está sosteniendo su actividad con mucho esfuerzo.

2. No saber qué unidades del negocio realmente generan resultados
Otro error frecuente es analizar la veterinaria como un todo, sin diferenciar qué ocurre dentro de cada una de sus áreas de trabajo.
Las clínicas suelen combinar unidades de negocio: consultas clínicas, cirugías, estudios diagnósticos, venta de medicamentos, alimentos balanceados o servicios específicos como internación o diagnóstico por imágenes. Sin embargo, pocas veces se mide con claridad qué margen económico genera cada una de estas actividades.
El resultado es que algunas unidades pueden estar funcionando muy bien y sosteniendo gran parte del negocio, mientras que otras pueden estar generando pérdidas sin que nadie lo advierta.
Entender el desempeño de cada área permite tomar decisiones más precisas: fortalecer ciertos servicios, reorganizar otros o revisar precios cuando sea necesario.

3. No contemplar el 100{4adbc17c030d51c01aaa8963ad5665f139ab1902e320bb247e1d9c7f0bc665e4} de los costos del negocio
El tercer error tiene que ver con una práctica muy habitual: subestimar los costos reales de funcionamiento de una veterinaria.
En muchos casos se consideran únicamente los gastos más visibles, como salarios, alquiler e insumos. Pero el funcionamiento de una clínica implica muchos otros costos que no siempre se incorporan al análisis.
Servicios, mantenimiento, impuestos, amortización de equipos, herramientas digitales, gastos administrativos o incluso el propio tiempo profesional del veterinario forman parte del verdadero costo de operar el negocio.Cuando estos elementos no se contemplan, los resultados económicos pueden parecer mejores de lo que realmente son.

El primer paso para mejorar
Estos tres errores no aparecen por falta de compromiso ni de profesionalismo. Aparecen, en la mayoría de los casos, porque el ritmo de trabajo cotidiano deja poco espacio para ordenar la información del negocio.
Sin embargo, corregirlos puede marcar una diferencia enorme en la forma de gestionar una veterinaria. Conocer con precisión los ingresos y egresos, entender qué unidades del negocio generan resultados y contemplar todos los costos reales son pasos básicos para construir una administración más sólida.

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El consultor de Praxis Gestión Veterinaria, Javier Sánchez Novoa, analiza los principales problemas que enfrentan las clínicas y comparte claves para ordenar la gestión.

Daniela Mattiussi
daniela@minegocioveterinario.com

La combinación explosiva que golpea a las veterinarias

Administrar una clínica se ha vuelto cada vez más desafiante. En muchos casos, los equipos trabajan intensamente, las agendas están completas y la actividad no se detiene. Sin embargo, los resultados económicos no siempre acompañan ese esfuerzo.

Detrás de esa sensación que comparten muchos profesionales aparece un patrón que se repite con frecuencia: equipos desordenados, procesos poco claros y una gestión financiera débil que dificulta tomar decisiones con seguridad.

Para Javier Sánchez Novoa, consultor especializado en gestión veterinaria, estos tres factores conforman lo que define como una verdadera “combinación explosiva” para las clínicas. Identificar estos síntomas y trabajar sobre sus causas no solo permite ordenar el funcionamiento del negocio, sino también transformar la gestión en una herramienta concreta de crecimiento.

MI NEGOCIO VETERINARIO: ¿Cuáles son las tres principales “enfermedades” que detectás en las clínicas veterinarias hoy en día?

Javier Sánchez Novoa: El primer problema tiene que ver con la comunicación interna dentro de los equipos de trabajo, algo que suele verse agravado por la falta de procesos claros. En muchas clínicas cada integrante del equipo trabaja según su propia experiencia previa, como lo hacía en otro empleo o simplemente según cómo viene el día. Esa falta de criterios compartidos termina generando desorden y dificulta el funcionamiento del equipo.
Pero hoy creo que el problema más profundo —y el que más está golpeando al sector— es el desconocimiento financiero. Muchas clínicas no logran establecer correctamente los costos de sus productos y servicios, no conocen sus márgenes de ganancia y, en definitiva, no tienen claridad sobre sus números.
Cuando una clínica no sabe dónde está parada financieramente, se vuelve muy difícil proyectar o tomar decisiones con seguridad. A esto se suma el contexto actual: baja en el número de consultas, menor tasa de vacunación y una situación económica desafiante. Cuando se combinan un equipo desordenado, un contexto complejo y la falta de control sobre los números del negocio, aparece lo que yo llamo una combinación explosiva.

¿En qué aspectos creés que se ha avanzado en los últimos años?

JSN: Creo que se ha avanzado mucho en la digitalización y en la incorporación de sistemas de gestión. Hace algunos años todavía era común ver fichas impresas o registros completamente manuales, algo que hoy prácticamente ha desaparecido.
También percibo una nueva actitud: hay una mayor conciencia sobre la necesidad de hablar de gestión, de seguir formándose en habilidades como la comunicación con los tutores, el lenguaje verbal y no verbal o incluso la inteligencia emocional. Ese cambio de mentalidad es un buen punto de partida para seguir evolucionando.

En este contexto, ¿las veterinarias están logrando ser rentables?

JSN: La realidad es que pocas clínicas alcanzan el nivel de rentabilidad que deberían tener. Hay muchos veterinarios que podrían ganar más dinero con su trabajo si ordenaran mejor la gestión de sus clínicas.
Todavía existe cierta subestimación de la importancia de la gestión, y eso suele reflejarse en los resultados económicos.
Los veterinarios que logran buenos resultados entienden algo muy simple: sin cliente no hay paciente, y sin paciente no hay clínica.
Por eso es fundamental trabajar en la comunicación con el cliente, generar tráfico hacia la clínica y, al mismo tiempo, manejar con claridad los números del negocio. Cuando esas dos cosas se alinean —buena comunicación con el cliente y control financiero— los resultados suelen ser muy buenos, incluso en contextos difíciles.

Sos pionero en la consultoría para clínicas veterinarias. ¿Cómo comenzó ese camino?

JSN: Fue un inicio complejo porque hace doce años el concepto de gestión no estaba tan desarrollado como hoy. Desde el primer día mi objetivo fue ayudar al médico veterinario en un sentido amplio, incluso ayudándolo a pensar su negocio. No se trata simplemente de calcular un margen bruto de un servicio, sino de ordenar el pensamiento del veterinario en relación con la gestión.
Ese enfoque fue evolucionando. No fue sencillo, pero creo que esa idea de acompañar al veterinario en la toma de decisiones fue clave para construir el camino.
Hoy ese trabajo se refleja en distintos formatos: contenidos en redes sociales (Instagram y LinkedIn), capacitaciones presenciales y en el desarrollo de una escuela online de formación que estará disponible próximamente.

¿Qué recomendaciones compartirías para este 2026?

JSN: Lo primero es prestar atención a la dimensión financiera y económica de la clínica. El contexto es complejo, pero eso no significa que sea imposible lograr buenos resultados. La gestión requiere tiempo. No alcanza con dedicarle quince minutos por semana.
También es importante pedir ayuda cuando sea necesario. Muchas veces apoyarse en profesionales especializados permite ahorrar tiempo y acelerar los resultados.
Las clínicas necesitan mirar hacia adentro, analizar su funcionamiento y entender cuáles son sus principales dificultades. A partir de ahí, el trabajo debe ser conjunto, involucrando al equipo y construyendo soluciones de manera colaborativa. Ordenarse internamente es el primer paso para poder crecer.

PRAXIS GESTIÓN VETERINARIA:
DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA REAL

Praxis Gestión Veterinaria surge tras más de una década de experiencia en consultoría aplicada al sector. Javier Sánchez Novoa redefine su propuesta con un enfoque claro: llevar la teoría a la práctica real, ayudando a los veterinarios a gestionar sus clínicas de forma eficiente y aplicable al día a día.
El servicio abarca la gestión integral de clínicas veterinarias, desde profesionales independientes hasta hospitales 24 horas. El trabajo se centra en áreas clave como comercialización, administración, finanzas, recursos humanos y procesos, fundamentales para ordenar y hacer crecer cualquier empresa veterinaria.

La metodología parte de un enfoque similar al médico: primero se realiza un diagnóstico.
En una instancia inicial se analiza la historia, los objetivos y los problemas del negocio, identificando síntomas y causas. A partir de ahí, se definen objetivos y acciones concretas, siempre trabajando en conjunto con el veterinario.
El acompañamiento también incluye a los equipos de trabajo, abordando tanto lo técnico como lo humano dentro de la clínica.
El objetivo no es generar dependencia, sino brindar herramientas y metodologías que permitan al veterinario tomar decisiones con autonomía y sostener mejoras en el tiempo.

Este país registra entre 100 mil y 200 mil abandonos de mascotas al año, uno de los índices más altos en Europa.

De la redacción de Mi Negocio Veterinario
info@minegocioveterinario.com

Francia incluye el cuidado de las mascotas en la educación

El Gobierno de Francia ha incorporado formalmente el cuidado y el respeto hacia las mascotas en el programa escolar nacional de educación moral y cívica.
El objetivo es fomentar la empatía y la responsabilidad desde los cinco años y contribuir a reducir el abandono de animales.
La medida se hizo efectiva tras su inclusión en los programas oficiales del Ministerio de Educación Nacional que ahora es ejecutable.
Esta normativa modificó el Código de Educación (artículo L312-15) para incorporar la sensibilización al respeto de los animales de compañía en el marco del Enseignement Moral et Civique (EMC), obligatorio en todos los niveles educativos. El programa se inicia en el ciclo 2 (en edades aproximadas de 6 a 9 años, aunque se menciona desde los cinco años en contextos iniciales) y se extiende progresivamente a secundaria.

Los alumnos
aprenden sobre
necesidades básicas
de los animales.

200 mil mascotas abandonadas cada año

Los contenidos abordan el reconocimiento de los animales como seres sensibles capaces de experimentar estrés, dolor, bienestar y consuelo, así como la responsabilidad que implica su tenencia a largo plazo. Los alumnos aprenden sobre necesidades básicas de las mascotas, prevención del maltrato y abandono, y desarrollo de habilidades como la empatía y la compasión, que se consideran competencias adquiridas mediante la educación en Francia.
Francia registra entre 100 mil y 200 mil abandonos de mascotas al año, uno de los índices más altos en Europa, con un pico del 60{4adbc17c030d51c01aaa8963ad5665f139ab1902e320bb247e1d9c7f0bc665e4} durante el período estival ligado a las vacaciones.
La iniciativa busca atacar esta problemática desde la raíz, formando ciudadanos más conscientes que comprendan el compromiso permanente con un animal de compañía y eviten tratarlos como objetos o juguetes temporales.

Organizaciones han respaldado la medida

El Ministerio de Educación de Francia proporcionó recursos pedagógicos a los docentes para implementar estas secuencias en el eje de «reglas colectivas y autonomía», enfatizando que la empatía hacia los animales puede trasladarse a relaciones humanas. Organizaciones de protección animal han respaldado la medida, destacando estudios que vinculan la educación humanitaria temprana con reducción de conductas violentas.
La incorporación responde a una demanda histórica de asociaciones y encuestas previas (como una de 2020 que mostró apoyo del 90{4adbc17c030d51c01aaa8963ad5665f139ab1902e320bb247e1d9c7f0bc665e4} de la población a incluir el respeto animal en los programas escolares). Aunque la ley data de 2021, su integración plena en los boletines oficiales se concretó en junio de 2024, lo que permitió su aplicación efectiva en el curso escolar 2024-2025. El programa continúa en marcha en el presente año lectivo.