Sin riesgo, no hay negocio
Supongamos que usted o su cliente están buscando un campo de cría para alquilar y les ofrecen dos alternativas: uno de aptitud regular -llamémoslo «A»-, por el cual se piden 60 kg por hectárea en concepto de arrendamiento anual y otro -que llamaremos «B»-, de mejor calidad pero más caro (84 kg por hectárea, al año). Enfrentados a tener que tomar una decisión, deberíamos realizar alguna estimación -por imperfecta que ésta sea- a fin de disponer de información que contribuya a orientarnos.
Es importante avanzar en este sentido, más allá de que sabemos que es inevitable que estas decisiones se enfrenten con cierta estructura de riesgo e incertidumbre, pues no conocemos los resultados que se obtendrán (por ejemplo: la preñez o el peso al destete), ni cómo evolucionarán las variables del entorno y el mercado (clima, producción de pasto, precios de insumos y precios de los terneros y vacas de descarte, entre otras).
Vemos también que existen factores de riesgo comunes a ambas alternativas (cómo evolucionará el precio del ternero, por ejemplo) y otros, cuyo grado de importancia puede variar dependiendo del establecimiento. Por ejemplo: dado que el costo del alquiler se fija en kilos de novillo, si este precio aumentara considerablemente, seguramente afectará más al Campo B.
Por el mismo motivo, es probable que la variabilidad en la tasa de preñez afecte más los resultados de ese mismo establecimiento.
Es decir que, con información imperfecta deberemos tomar decisiones si es que queremos entrar al negocio o administrar una empresa.
En esta situación, podríamos vernos tentados a «bajar los brazos», pensando que -como existen tantos y diversos factores de riesgo e incertidumbre- es poco lo que podemos proyectar con cierto realismo y, por lo tanto, deberíamos guiarnos por lo que diga nuestra intuición.
Sin negar los aspectos subjetivos que toda decisión incluye, creemos que es posible -y recomendable- estimar variables y resultados: generar «escenarios» e incluso, si manejamos ciertas herramientas, asignar probabilidades de ocurrencia a cada contingencia.
El propósito es contar con un análisis que no niegue el riesgo existente en cada plan pero que, al mismo tiempo, permita establecer una línea de razonamiento para orientarnos «en la oscuridad». Por algo se dice que el planeamiento es remplazar el caos (falta de información) por el error (indicadores imperfectos que aportan algo de «luz»).
Presupuestación
Puestos a proyectar la probable situación para cada caso, presupuestamos que el Campo A (el más «barato») tendría -en promedio- una receptividad que no sería baja en la Cuenca del Salado: 0.73 vientres por hectárea, incluyendo su respectiva reposición de hembras y los toros, sobre la base de un campo natural bueno y algo (un 17% de la superficie) de promoción de raigrás.
De acuerdo al presupuesto forrajero efectuado, habrá que ofrecer unos 200 rollos por año al rodeo, realizados con el sobrante primaveral de pasto.
El Campo B (de mejor aptitud) permitiría sostener una alta carga de 1.12 vientres por hectárea, más la recría de las vaquillonas de reposición necesarias y los toros requeridos.
Para lograr esto habrá que tener un 38% de la superficie con alguna pastura (en parte festuca, en parte agropiro, por ejemplo), otro tanto (14%) de promoción, algo (un 7%) de sorgos diferidos y el resto (42% de las hectáreas) campo natural bueno.
Se estima tener que dar 575 rollos por año, de propia producción.
En ambos casos, la reposición proyectada es la requerida para mantener estable el rodeo. Dado que no se puede -o no se quiere- invertir más de $360.000 en el alquiler del campo, considerando un precio de arrendamiento de $10 por kg, podrían alquilarse 600 ha del «A», o 429 del «B”. Teniendo en cuenta la receptividad estimada en las alternativas, la cantidad de vacas a tener no sería muy diferente (440 y 480, respectivamente).
También podríamos suponer que, en promedio y a lo largo de los años, será más fácil estabilizar un mayor grado de preñez en el Campo «B» que en el «A», debido a la mayor diversidad y productividad de sus recursos forrajeros.
A los fines de cuantificar este efecto, supongamos que la alternativa «B» alcanza normalmente un 90% de preñez y la otra, un 82%.
Sabemos que esto puede variar: en años buenos podrá superarse y, en malos, sería menor; pero por ahora dejemos esta cuestión para más adelante.
Llegados a este punto y teniendo en cuenta la información ofrecida, ¿qué opción le parece más conveniente? Si desea, podría anotar en un papel las variables de cada campo y escribir los puntos a favor y en contra que cada situación le sugiera.
También puede anotar lo que la intuición le dice y sus razones.
La bola de cristal
Les propongo ahora realizar una presupuestación «determinística».
¿Qué significa esto? Que haremos «como si tuviéramos la bola de cristal» y conociéramos la evolución de todas y cada una de las variables involucradas en el negocio. Presupuestaremos asumiendo una determinada tasa de preñez (82% en el Campo «A» y 90%, en el «B»), una determinada carga (0,73 y 1,12 vientres/ha, respectivamente), determinados costos de alimentación, sanidad y mano de obra; precios; peso al destete (175 kg) y determinados porcentajes de descarte y mortandad, etc.
Luego y ya sí sobre la base del resultado determinístico calculado, realizaremos las correcciones necesarias para incluir los efectos del riesgo y así llegar a un análisis más «real».
El primer resultado que tendremos en cuenta es el ligado a la producción de carne por hectárea: 134 kg en el Campo «A», y 204 kg en el «B». Son valores más bien altos, pero asumimos que factibles de lograr. Aquí está incluida la «producción de carne» de los terneros, pero también la de las vacas que se descartan y la de la recría de las vaquillonas de reposición.
Un resultado importante en términos económicos es el Margen Bruto, que sólo tiene en cuenta los costos directos de la actividad (y no contempla los de estructura, los impuestos, los gastos financieros, ni los retiros). A precios y costos actuales (o «proyectados»), el Margen Bruto por hectárea del Campo «A» sería de $765, mientras que el del «B», de 1.156 $/ha.
Pero como las superficies son distintas, debemos también considerar el Margen Bruto total; es decir, los «pesos totales» que en principio dejaría cada alternativa (no por hectárea): este es de unos $459.000 por año para el Campo «A» y de $495.000 para el «B».
Restando el alquiler -que en pesos totales es el mismo en los dos casos ($360.000)-, obtenemos un Margen Neto de $99.000 (A) y de $135.000 (B).
Vemos que, en el primer caso, el negocio dejaría una ganancia anual de $165/ha mientras que, en el segundo, de $316/ha.
Dividiendo este resultado por el capital invertido (hacienda, alquiler y la mitad de los gastos directos) se obtiene una rentabilidad de 4.4% para el Campo «A» y de casi el 5.8% para el «B».
Hasta aquí, los resultados determinísticos estarían mostrando cierta diferencia a favor del establecimiento de mejor aptitud. Si bien implica un mayor alquiler (y en consecuencia, cuenta con menor superficie) y un costo de alimentación más elevado, su eficiencia de producción (mayor ingreso) compensaría estos efectos. Se presentan las principales variables de cada modelo en la Tabla N° 1.
Tirar los dados
Ahora podemos empezar a agregarle variabilidad al modelo determinístico para indagar otros escenarios posibles.
Esto implica transformar el modelo en aleatorio; es decir, incluir el efecto del azar y, en definitiva, de riesgo. La manera más simple de efectuarlo es a través del análisis de sensibilidad.
Por ejemplo, podemos ver qué pasaría si el porcentaje de preñez en el modelo «B» cayera al 82%.
En este escenario, el Margen Bruto por hectárea pasaría a $1.050.
Restándole el alquiler de $840/ha y multiplicando por las 429 ha, quedaría un Margen Neto de $90.000 (contra las $99.000 del Campo «B») y una rentabilidad de 3.7% (en vez de 5.8%), que es menor a la del «A».
Claro que si disminuye la preñez en el modelo «B» podría ocurrir lo mismo en el «A».
Si baja la tasa de preñez un 10% en este último caso (10% de 82% es 8.2%, por lo que el porcentaje quedaría en 73.8%), el Margen Neto se reduce a los $39.000 ($65 / ha).
Si efectuamos lo mismo en el caso «B», la tasa de preñez bajaría al 81% (90% menos el 10%, que es 9%) y el Margen Neto se ubicaría en unos $84.000.
Tal vez sea más probable que en un año «malo» disminuya más la preñez en el Campo «B», debido a que de por sí se encuentra en un escalón más elevado y, por lo tanto, más exigido. Pero también podría ocurrir lo contrario, y ser la otra alternativa la más variable, debido a su mayor dependencia de campos naturales.
Lo que está claro es que en el caso «B» es mayor la exigencia de lograr elevadas preñeces (y alta productividad en general), a fin de compensar el alquiler.
El riesgo es -precisamente- la probabilidad de que un resultado sea diferente al esperado. No necesariamente peor, sino diferente (puede ser mayor). En el ejemplo considerado, también la preñez podría ser mayor a la esperada.
Por eso un negocio riesgoso no es necesariamente un mal negocio. Sólo indica que es mayor la probabilidad de que nos vaya mejor o peor a lo esperado (presupuestado).
Un negocio de bajo riesgo ofrece una mayor probabilidad de alcanzar resultados cercanos a los esperados. Es más «seguro».
En la estructura del riesgo se integran entonces dos efectos: el efecto nivel y el efecto variabilidad. Por ejemplo, si la preñez en el Campo «B» disminuyera a 72%, el Margen Neto se hace cero (es decir, que pagamos el alquiler y «salimos hechos»).
A este nivel se le denomina punto de indiferencia del negocio.
En cambio y con esa misma tasa de preñez, el Campo «A» sigue dando ganancias. Supongamos que en un año muy seco y debido a la pérdida de condición corporal de los vientres, en el Campo «B» se espera una preñez de al menos 75%.
Pero supongamos también que, finalmente, la misma cae a 71% por lo que el resultado final termina siendo negativo.
Es decir que se ingresa en la zona de pérdida, algo que no habría ocurrido si se hubiera preñado el 75% de los vientres.
En esta situación, una pequeña variación (efecto variabilidad) a partir de un nivel ya de por sí bajo -como lo es 75% de preñez (efecto nivel)- puede generar un perjuicio más importante (mayor efecto riesgo) que una variación mayor a partir de un nivel alto (por ejemplo, 90% de preñez).
Escenarios y probabilidad
El mismo análisis de sensibilidad podría efectuarse con otras variables que incluyan cierto componente aleatorio, como los precios, la carga, los costos, etc.
También pueden armarse escenarios compuestos a partir de la combinación de variables aleatorias (por ejemplo: alta preñez, con bajos precios y altos costos). Asimismo, es posible identificar cuáles son las «variables críticas» del negocio. Es decir, aquéllas que al variar causan un impacto mayor sobre el resultado.
Para el Campo «A», las variables críticas son: la tasa de preñez, la carga posible o receptividad real del campo, el precio del novillo, el precio del ternero y el costo directo. Mientras que en el caso «B» ocurre algo similar, sólo que debido a su mayor productividad y pese al mayor costo de arrendamiento, el precio del ternero es más importante que el del novillo.
Como hemos visto, el análisis de sensibilidad muestra los resultados que se obtendrían (efecto nivel) ante distintas contingencias (efecto variabilidad). Pero no indica, ni asume ninguna estructura de probabilidad de ocurrencia para esas contingencias.
Por eso aún no hemos podido extraer una conclusión clara para el caso analizado.
Esto se puede subsanar efectuando una simulación probabilística (llamado también método Montecarlo) para lo cual habrá que recurrir a algún software especializado o, al menos, al Excel, ya que se requiere generar números aleatorios pero siguiendo un azar «controlado» por una distribución de probabilidades.
Por ejemplo, podríamos asignar una probabilidad de ocurrencia de un año seco del 35% y recalcular todas las variables del caso.
Aplicando este método al caso, se obtiene la campana de probabilidades de ocurrencia de márgenes netos en cada establecimiento en particular, donde sobre el eje horizontal se representa el nivel de la variable en estudio (Margen Neto) y sobre el vertical, su probabilidad de ocurrencia, en porcentaje.
Se observa que el Campo «B» posee un efecto nivel favorable (el promedio es mayor al del «A»), pero mayor efecto variabilidad y -por ende- mayor riesgo.
Su mayor costo de alquiler obliga a tener mayores niveles de productividad, al tiempo que en escenarios medios o favorables, ofrece mejores resultados económicos que el Campo «A», pero ante circunstancias adversas «se cae» más (esto se observa en la «cola» izquierda de la curva de distribución).
En definitiva y si estamos en condiciones de afrontar resultados negativos y tenemos la capacidad para aprovechar la mejor aptitud del campo, convendría alquilar el «B», más caro.
Si no nos podemos «dar el lujo» de perder, y precisamos una mayor certeza del negocio, alquilar el Campo «A» -más barato, pero menos productivo- sería lo más indicado.
¿Usted qué decidiría?
Ing. Agr. Eduardo E. Ponssa
Área de Economía y Administración Rural Facultad de Ciencias Veterinarias, UNCPBA, Tandil, provincia de Buenos Aires. Consultor privado. E mail: eponssa@gmail.com



